Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Por la cancelación de la Reforma Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 May 2026
86 veces
Desde San Lázaro. Por la cancelación de la Reforma Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SCJN

La reforma judicial impulsada por el oficialismo comienza a exhibir sus propias contradicciones. Lo que hace apenas unos meses fue presentado como una transformación histórica para “democratizar” al Poder Judicial, hoy enfrenta tal nivel de cuestionamientos, incertidumbre y desgaste político que el propio bloque gobernante ya plantea aplazar parte de su implementación. En San Lázaro se cocina un periodo extraordinario para aprobar que la segunda etapa de la elección de juzgadores se recorra de 2027 a 2028. El problema es que posponer un proceso viciado no corrige sus defectos de origen.

La señal es contundente: el oficialismo reconoce implícitamente que la reforma nació atropellada, mal diseñada y políticamente contaminada. De otro modo, no existiría necesidad de modificar sobre la marcha el calendario de una de las reformas que el régimen presumió como piedra angular de la llamada Cuarta Transformación.

En contraparte, la oposición —particularmente Partido Acción Nacional y Partido Revolucionario Institucional— ha elevado el tono y propone ir más allá del aplazamiento: revertir por completo la reforma judicial. El argumento central no es menor. Consideran que el nuevo modelo no solo ha fracasado antes de entrar plenamente en vigor, sino que ha generado incertidumbre jurídica y ahuyentado inversiones nacionales y extranjeras.

Y hay razones para entender esa preocupación. Ningún inversionista apuesta capital de largo plazo en países donde el sistema judicial pierde independencia o queda sujeto a intereses políticos. La certeza jurídica no es un lujo académico; es la base de cualquier economía moderna. Cuando empresarios y mercados perciben que jueces, magistrados o ministros podrían responder a presiones del poder político, el mensaje es demoledor: el Estado de derecho deja de ser confiable.

Ese es precisamente el temor que ha despertado la reforma impulsada por el oficialismo. La posibilidad de contar con jueces electos bajo una lógica partidista y con una Suprema Corte de Justicia de la Nación alineada a los designios presidenciales representa una concentración de poder que resulta poco saludable para cualquier democracia republicana.

La división de poderes no es un simple principio decorativo; es el mecanismo diseñado para impedir excesos y garantizar equilibrios. Un Poder Judicial subordinado al Ejecutivo destruye ese contrapeso y abre la puerta a decisiones motivadas más por intereses políticos que por criterios constitucionales.

Pero quizá el aspecto más delicado del proceso ha sido la forma en que se seleccionaron perfiles y candidaturas. Desde distintos sectores se denunció la intervención abierta del aparato gubernamental en la construcción de listas y apoyos. Los famosos “acordeones” —que orientaban el voto y marcaban líneas de respaldo político— terminaron por exhibir la enorme injerencia oficial en un proceso que supuestamente debía garantizar independencia.

Ahí radica una de las grandes paradojas de esta reforma: se prometió acercar la justicia al pueblo, pero el resultado ha sido una creciente percepción de control político sobre el Poder Judicial. Lejos de fortalecer la autonomía de los juzgadores, el modelo parece orientado a construir un sistema de lealtades.

En San Lázaro, incluso algunos legisladores oficialistas reconocen en privado que la reforma ha generado más problemas de los previstos. El aplazamiento de la segunda etapa electoral no responde únicamente a razones técnicas o presupuestales; también busca bajar la tensión política y evitar que el desgaste continúe creciendo rumbo a los procesos electorales de 2027.

Sin embargo, diferir la elección no resuelve el fondo del problema. El proceso seguirá siendo cuestionado mientras persista la percepción de que el Ejecutivo busca moldear un Poder Judicial a conveniencia. Cambiar fechas no modifica la naturaleza de una reforma cuya legitimidad ha sido severamente erosionada desde el arranque.

La oposición, consciente de ello, ha encontrado un punto de coincidencia poco común. Tanto el PRI como el PAN sostienen que la única salida viable es desmontar la reforma y abrir un nuevo debate nacional que permita construir un modelo judicial verdaderamente autónomo, profesional e imparcial. La pregunta es si el oficialismo estará dispuesto a reconocer el fracaso de una de sus apuestas más emblemáticas.

Porque más allá del discurso ideológico, los efectos comienzan a sentirse en la realidad económica y política del país. La incertidumbre jurídica impacta inversiones, afecta la confianza empresarial y deteriora la percepción internacional de México. Y eso, tarde o temprano, termina traduciéndose en menor crecimiento, menor empleo y mayores costos financieros.

Si el bloque gobernante realmente quisiera hacerle un favor al país, debería abrir la puerta a una revisión profunda de la reforma judicial. No para regresar intactos al modelo anterior, sino para construir uno que garantice independencia, profesionalismo y equilibrio de poderes. La justicia no puede funcionar bajo criterios de obediencia política.

Y más aún, los juzgados están colapsados por contar con jueces bisoños e ineptos, producto de la elección judicial.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.