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Desde San Lázaro. Presidenta hasta el 2030. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

26 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Presidenta hasta el 2030. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La revocación de mandato se ha querido vender como un avance democrático, pero en realidad es uno de los instrumentos más sofisticados del populismo contemporáneo para consolidar el poder, no para limitarlo. Su origen moderno no es precisamente un modelo de institucionalidad liberal, sino el experimento político impulsado por Hugo Chávez en Venezuela, posteriormente perfeccionado por Nicolás Maduro. En ambos casos, lejos de servir como mecanismo ciudadano para remover gobernantes, se convirtió en herramienta de movilización, propaganda y legitimación del régimen.

México no es Venezuela, pero hay señales que preocupan.

La figura de la revocación de mandato, establecida en el artículo 35 constitucional, fue diseñada en teoría como un derecho ciudadano para terminar anticipadamente el encargo de un gobernante por pérdida de confianza. Es decir, un mecanismo excepcional. No una consulta para ratificar popularidad, ni mucho menos una plataforma para hacer campaña política desde el poder.

Sin embargo, la discusión actual en torno a la reforma electoral —particularmente el llamado “plan B”— apunta en sentido contrario. La intención de empatar la revocación de mandato con las elecciones intermedias de 2027 no sólo distorsiona el espíritu constitucional, sino que abre la puerta a un uso faccioso del instrumento.

Seamos claros: hoy por hoy es difícil encontrar en México una demanda social significativa que exija la remoción anticipada de la presidenta Claudia Sheinbaum. Por el contrario, diversas mediciones coinciden en que la mayoría de los mexicanos desea que concluya su mandato en 2030.

Entonces, ¿para qué insistir en la revocación?

La respuesta no está en la democracia participativa, sino en la lógica electoral. Adelantar y empatar este ejercicio con los comicios intermedios permitiría a la presidenta participar activamente en la arena política, influir en las campañas y, en los hechos, encabezar la movilización electoral del oficialismo.

Eso no es revocar el mandato. Es ratificar el poder.

El problema no termina ahí. El tránsito del llamado “plan A” al “plan B” en materia electoral refleja una preocupante degradación legislativa. De una propuesta que planteaba cambios estructurales —como la revisión del sistema de representación proporcional y el costo de la democracia— se pasó a un ajuste menor: reducción de estructuras locales, recortes administrativos y poco más. Un bodrio legislativo que no resuelve los problemas de fondo.

Peor aún, el nuevo paquete contempla modificaciones constitucionales —entre ellas al artículo 35— donde la manzana de la discordia sigue siendo la revocación de mandato. No por su esencia, sino por su uso político.

En paralelo, la discusión ha dejado al descubierto fisuras dentro de la propia coalición gobernante. El Partido del Trabajo ha condicionado su respaldo a cambios en el calendario de la revocación, evidenciando tensiones internas y una rebelión que no es menor.

Este episodio deja en el ánimo colectivo una percepción delicada: la dificultad del Ejecutivo para mantener cohesionados a sus aliados.

Y si el PT muestra los dientes, el Partido Verde tampoco se queda atrás. Sus decisiones en los estados, como la intención de impulsar candidaturas familiares en San Luis Potosí, chocan frontalmente con el discurso presidencial contra el nepotismo. En política, las contradicciones pesan más que los discursos.

Por eso, el debate de fondo no es jurídico, sino político.

México no necesita una revocación de mandato adelantada ni convertida en espectáculo electoral. Necesita estabilidad institucional, reglas claras y un respeto estricto al principio de neutralidad del poder. La democracia no se fortalece cuando el árbitro se convierte en jugador, y mucho menos cuando el jugador tiene todo el aparato del Estado detrás.

La presidenta debe concluir su mandato en 2030. Sin atajos, sin simulaciones y sin campañas encubiertas desde el poder.

Si en verdad existe respaldo popular —como sugieren las encuestas— no hay razón para someterlo a una ratificación disfrazada. Y si no lo hubiera, la revocación debería surgir desde la ciudadanía, no desde el interés estratégico del gobierno.

En otras palabras: la revocación no es para que el poder se mida a sí mismo, sino para que la sociedad lo limite.

Convertirla en herramienta electoral es traicionar su razón de ser.

Y en ese terreno, México no debería repetir historias que ya demostraron —en otras latitudes— hacia dónde conducen. La ruta es simple: presidenta hasta 2030. Sin trampas. Sin propaganda. Sin confundir participación con manipulación.

Más allá de la discusión política de coyuntura, los políticos deberían enfocar sus baterías a mejorar las condiciones de vida de los mexicanos y resolver sus problemas más acuciantes.  Buena parte de la agenda legislativa del Congreso se van en temas que tienen que ver con la lucha por el poder en detrimento de la atención de los grandes temas nacionales como, por ejemplo, los desaparecidos que ya es un problema a nivel nacional y que a estas alturas no existe un padrón oficial.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.