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Desde San Lázaro. La contienda política en modo frenesí. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Mar 2026
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Desde San Lázaro. La contienda política en modo frenesí. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

En la antesala de la contienda electoral de 2027, los partidos políticos han comenzado a mover sus piezas con una anticipación que revela no solo nerviosismo, sino también una clara conciencia de que el escenario ya no les pertenece por completo. La ciudadanía —esa que durante años fue relegada a un papel meramente testimonial— se ha convertido en el botín más codiciado. Y en ese contexto, el anuncio del PAN de abrir sus candidaturas a perfiles ciudadanos mediante la figura de “Defensores de la Patria” no es menor. Es, en realidad, una jugada arriesgada, necesaria y profundamente reveladora.

El problema es que la idea no es nueva. La narrativa, el nombre y hasta el concepto remiten inevitablemente a los “defensores de la Cuarta Transformación” impulsados por el oficialismo. La oposición, en lugar de construir una identidad propia, parece caer en la tentación de replicar —de forma poco creativa— los mecanismos que tanto ha criticado. Y sin embargo, más allá de la copia burda, el fondo del asunto merece atención: la apertura a candidaturas ciudadanas es una exigencia social que ningún partido puede seguir ignorando.

No es casual que, casi de inmediato, PRI y PT hayan salido a anunciar movimientos similares, mientras que el Verde ya opera discretamente en territorio para posicionar a sus propios perfiles rumbo a las 17 gubernaturas que estarán en juego, además de la renovación de la Cámara de Diputados. Todos quieren subirse al tren de la “ciudadanización” de la política, aunque en muchos casos se trate más de una estrategia cosmética que de una convicción democrática.

El PAN, sin embargo, enfrenta un dilema mayor. Su apuesta implica ceder espacios de poder a perfiles externos, lo que inevitablemente generará resistencias internas. Las estructuras tradicionales no suelen ceder terreno sin dar batalla, y menos cuando se trata de candidaturas que podrían desplazar a cuadros con años —o décadas— de militancia. Pero también es cierto que Acción Nacional tiene poco margen de maniobra: necesita reinventarse o resignarse a seguir perdiendo terreno frente a un oficialismo que ha sabido capitalizar el descontento social.

Y es que, mientras la oposición intenta reorganizarse, el bloque gobernante tampoco está exento de tensiones. Morena vive una efervescencia interna donde cada grupo busca imponer a sus propios candidatos. La unidad que en su momento fue su mayor fortaleza comienza a mostrar grietas evidentes. A eso se suma lo que algunos ya califican como una “rebelión en la granja”, protagonizada por sus aliados del PT y el Partido Verde, quienes han comenzado a marcar distancia de la presidenta en turno, enviando señales de que la disciplina política ya no es lo que era.

En paralelo, el llamado “plan B” de la reforma electoral sigue generando controversia. La intención de incorporar a la revocación de mandato en las boletas no es vista por todos como un ejercicio democrático, sino como una estrategia para posicionar figuras del oficialismo con la irrupción de Sheinbaum en la contienda electoral.

Más inequidad no puede haber.

El tablero, pues, se está configurando en medio de tensiones cruzadas.  La reyerta política ha entrado en un torbellino frenético que arrastra todo lo que toca.

No hay que perder de vista otro elemento clave: las cuatro agrupaciones que buscan convertirse en partidos políticos. Todas ellas están, literalmente, con el Jesús en la boca, a la espera de la aprobación de la presidenta, perdón del INE, lo cierto es que su eventual registro o rechazo podría fragmentar aún más el voto y alterar las dinámicas tradicionales de competencia.

La elección de 2027 no será una más. Será, en muchos sentidos, un referéndum sobre el rumbo del país y sobre la capacidad de los partidos para adaptarse a una realidad que ya no controlan. La ciudadanía, harta de simulaciones, podría convertirse en el factor decisivo. Pero para que eso ocurra, la apertura de candidaturas no puede quedarse en el discurso. Requiere reglas claras, procesos transparentes y, sobre todo, voluntad política real.

Lo que se observa es un sistema político en plena reconfiguración. Las viejas fórmulas ya no garantizan victorias, y las nuevas aún no terminan de consolidarse. En ese terreno incierto, la única certeza es que quien logre conectar genuinamente con la ciudadanía tendrá la ventaja. La pregunta es si algún partido está realmente dispuesto a hacerlo… o si todos seguirán apostando por las mismas prácticas de siempre, disfrazadas con nuevos nombres.

Y eso de las campañas electorales adelantadas y de tener las puertas abiertas al dinero del narco en los procesos electorales, nadie habla y menos el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación porque el Ejecutivo les tiene prohibido hacerlo, vamos ni en el Plan B se mencionan.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.