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Desde San Lázaro. Contingencias ambientales develan la ineptitud gubernamental. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

18 Feb 2026
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Desde San Lázaro. Contingencias ambientales develan la ineptitud gubernamental. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/CAMegalopolis

El cambio climático ya no es una hipótesis, es una factura diaria que pagan las economías emergentes, y México no es la excepción. El discurso oficial suele llenarse de compromisos internacionales, metas de descarbonización y llamados a la justicia climática; sin embargo, en la realidad cotidiana, los efectos del incremento de las temperaturas golpean con crudeza a la población y exhiben la fragilidad de las políticas públicas.

El aumento sostenido de las temperaturas está trastocando los ciclos agrícolas, reduciendo rendimientos y encareciendo alimentos básicos. En las zonas rurales, la sequía prolongada y la irregularidad de las lluvias afectan directamente a pequeños productores que carecen de seguros suficientes y de infraestructura hidráulica moderna. Cada grado adicional en el termómetro significa menos cosecha, menos empleo y mayor presión migratoria.

Pero el impacto no se limita al campo. Las grandes urbes también pagan un precio elevado. La Ciudad de México se ha convertido en un laboratorio de las contradicciones ambientales. Las contingencias son cada vez más frecuentes y prolongadas (cinco en los últimos días). La capital, asentada en una cuenca con limitada ventilación natural, enfrenta una combinación letal: altas temperaturas que favorecen la formación de ozono y una movilidad basada aún en combustibles fósiles.

El resultado es conocido: restricciones vehiculares que alcanzan incluso a propietarios de autos nuevos con holograma 0 y 00, quienes, pese a cumplir con la normatividad ambiental, se ven obligados a dejar el automóvil en casa. La autoridad capitalina argumenta que se trata de medidas extraordinarias para proteger la salud pública. Sin embargo, la recurrencia de estas contingencias revela algo más profundo: la ausencia de soluciones estructurales.

La administración de Clara Brugada presume a la capital como una “ciudad de libertades”. No obstante, cuando se restringe el libre tránsito de ciudadanos que han cumplido con la ley y han invertido en vehículos menos contaminantes, el discurso se erosiona. La política pública no puede descansar en la esperanza de que soplen los vientos o llegue la lluvia para dispersar contaminantes. Esa no es estrategia ambiental; es resignación meteorológica.

Las economías emergentes enfrentan un dilema complejo: deben crecer para reducir pobreza, pero hacerlo sin repetir el modelo intensivo en carbono de los países desarrollados. Sin financiamiento climático suficiente y con limitaciones fiscales severas, el margen de maniobra es estrecho. No obstante, ello no justifica la improvisación. Invertir en transporte público eléctrico, fortalecer la infraestructura de energías limpias y modernizar redes eléctricas no es un lujo, es una necesidad económica.

Se deben cancelar las refinerías adyacentes a las zonas urbanas y establecer medidas de mayor control a la industria contaminante asentadas en ellas.

En el caso mexicano, el costo de no actuar se refleja también en la salud pública. El aumento de temperaturas favorece la propagación de enfermedades y agrava padecimientos respiratorios. A cuatro meses de que el país sea anfitrión de partidos del Mundial de futbol de 2026, organizado conjuntamente con Estados Unidos y Canadá, la imagen internacional importa. Con un brote epidemiológico de sarampión en el país merced a la inaplicación de vacunas a infantes en el sexenio de AMLO y episodios recurrentes de mala calidad del aire que colocan a la capital entre las ciudades más contaminadas del mundo, el escaparate global podría convertirse en vitrina incómoda.

Las contingencias ambientales no solo afectan a los automovilistas. Impactan la productividad, encarecen la logística y reducen competitividad. Empresas que dependen de movilidad eficiente enfrentan retrasos; trabajadores pierden horas laborales; el comercio sufre. El cambio climático, en este contexto, deja de ser una abstracción ambiental para convertirse en un factor macroeconómico.

Desde El Financiero hemos documentado cómo la transición energética avanza con lentitud. Mientras otras economías emergentes aceleran inversiones en energías renovables y movilidad eléctrica, México parece atrapado en debates ideológicos y decisiones centralizadas que privilegian esquemas tradicionales.

No se trata de minimizar la complejidad técnica de gestionar una megalópolis como la capital del país. Se trata de reconocer que la política ambiental requiere planeación de largo plazo, coordinación metropolitana real y decisiones basadas en evidencia científica. Las medidas reactivas, aunque necesarias en momentos críticos, no pueden convertirse en la regla permanente.

El cambio climático está redefiniendo la competitividad de las naciones. Aquellas que logren adaptarse con infraestructura resiliente, sistemas de salud robustos y políticas energéticas modernas atraerán inversión y talento. Las que permanezcan en la inercia enfrentarán mayores costos sociales y económicos.

En este contexto, la capital mexicana enfrenta una prueba de fuego. No basta con declarar compromisos ambientales; es indispensable traducirlos en resultados medibles. De lo contrario, la narrativa de ciudad progresista chocará con la experiencia diaria de ciudadanos que, aun cumpliendo la norma, son castigados por la incapacidad gubernamental de resolver un problema estructural.

La crisis climática no espera calendarios electorales ni eventos deportivos internacionales. Exige liderazgo, visión y ejecución. De no asumir con seriedad el desafío, México corre el riesgo de exhibir ante el mundo no solo cielos grises, sino políticas igualmente mediocres e insuficientes.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.