Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Candidaturas bajo el control de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

11 Feb 2026
171 veces
Desde San Lázaro. Candidaturas bajo el control de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

El 2027 ya se asoma en el horizonte político y, con él, uno de los procesos electorales más complejos y estratégicos para el oficialismo desde que Morena llegó al poder. No se trata solo de renovar gubernaturas en 17 entidades del país; lo que estará en juego es la consolidación —o el desgaste— del proyecto político de la llamada cuarta transformación bajo un nuevo mando presidencial. A diferencia de otros procesos, este tendrá una característica inédita y profundamente centralizadora: la presidenta de la República elegirá, sin intermediarios reales, a los 17 candidatos de Morena y sus aliados.

La presidenta dio el manotazo en la mesa. Ya movió piezas que parecían intocables en el Congreso, en la FGR y en alcaldes de su propio partido político, también ha dejado ver que no permitirá que los grupos locales, las tribus partidistas ni los cacicazgos regionales le impongan perfiles.

La lógica es comprensible desde Palacio Nacional. Diecisiete gubernaturas no son un trámite electoral; son el andamiaje territorial que definirá la elección intermedia de 2027 y, sobre todo, la sucesión presidencial de 2030. Quien controle los estados controla estructuras, presupuestos, operadores políticos y, en muchos casos, las fiscalías locales. Por eso la presidenta no soltará ese tablero.

Pero este proceso no solo será centralizado; también estará marcado por un intento —al menos discursivo— de frenar el nepotismo que ha contaminado a Morena desde su crecimiento acelerado. La presidenta ha sido enfática: no más herencias familiares, no más apellidos que se repiten sexenio tras sexenio, no más dinastías disfrazadas de continuidad del proyecto. El problema, como siempre, es pasar del discurso a los hechos.

Los focos rojos están plenamente identificados. En San Luis Potosí, aunque el gober Ricardo Gallardo ya dio marcha atrás en el albazo legislativo para imponer la ley de equidad de género y con  dejarle la puerta abierta a su esposa, la senadora Ruth González , en la realidad se mantiene la intención de convertirla en la candidata del Verde para sucederlo. El intento de prolongar el control político familiar es evidente. En Zacatecas, la tentación de convertir el gobierno estatal en un patrimonio hereditario de los Monreal  sigue latente, pese al desgaste político y a la crisis de seguridad que arrastra la entidad. En Guerrero, el caso es todavía más delicado: ahí el nepotismo se mezcla con una profunda descomposición institucional y con el control territorial de grupos criminales. Félix Salgado Macedonio sigue apuntado para recibir el poder de su hija.

Sheinbaum sabe que permitir candidaturas familiares en estos estados no solo debilitaría su narrativa de cambio, sino que abriría un flanco perfecto para la oposición, que —aunque fragmentada e ineficaz— no desaprovechará la oportunidad de exhibir las contradicciones del oficialismo. Por eso habrá mano dura. No negociaciones largas, no encuestas a modo, no acuerdos en lo oscurito. Quien no se alinee, simplemente quedará fuera.

Las decisiones en Morena no solo  se toman en los consejos y en los comités locales; sino que hay un voto de calidad que baja en línea directa desde el Ejecutivo. Los aliados —PT y Partido Verde— lo saben y lo aceptan, porque también jugarán su cuota en la repartición de candidaturas, siempre bajo la supervisión presidencial.

Del otro lado, la oposición llega a este proceso en condiciones francamente precarias. El PRI sigue atrapado en su crisis existencial; el PAN no logra articular un discurso que conecte con el electorado fuera de sus bastiones tradicionales y por ello ha anunciado que abrirá sus puertas para nominar a candidatos externos; Movimiento Ciudadano, aunque competitivo en algunas regiones, enfrenta su propia fragmentación interna y el desgaste natural de gobernar estados clave como Nuevo León, en donde Samuel García hace de todo para dejar a su cónyuge en el poder.

Así, las elecciones de gobernador en 2027 no serán solo una contienda entre partidos, sino una prueba de fuego para el liderazgo de Claudia Sheinbaum. Será su primer gran examen político nacional sin la sombra directa de Andrés Manuel López Obrador, y también la oportunidad de demostrar si su promesa de orden, disciplina y combate a las malas prácticas internas va en serio.

Vienen definiciones, no simulaciones. Morena se juega mucho más que 17 gubernaturas; se juega la viabilidad de su proyecto a largo plazo. Y la presidenta, todo indica, no se tocará el corazón para imponer su sello, incluso si eso implica romper con viejos aliados, desplazar aspirantes incómodos o dinamitar carreras políticas construidas al amparo del nepotismo.

Los grupos criminales también buscan participar en la selección de candidatos.

En estos momentos son 12 entidades de las 17 que estarán en juego en 2027, que gobierna Morena. Tres el PAN, una MC y otra, el PVEM, en SLP.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.