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Desde San Lázaro. Suprema corte extraviada. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

26 Ene 2026
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Desde San Lázaro. Suprema corte extraviada. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SCJN

La compra de nueve camionetas blindadas Jeep Grand Cherokee por parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con un costo aproximado de dos millones de pesos cada una, no es un asunto menor ni un simple apunte administrativo. Es, ante todo, un mensaje político. Y como todo mensaje que emana del poder público, debe leerse en su justa dimensión y contrastarse con el discurso de austeridad y congruencia que dice sostener el régimen de la llamada Cuarta Transformación.

Aunque los ministros hayan regresado finalmente las camionetas de alta gama, la afrenta ya estaba hecha. El agravio no se borra con una devolución tardía, porque en principio aceptaron los vehículos, los usaron y, peor aún, intentaron justificar lo injustificable. Fue necesaria la intervención directa de la presidenta de la República para corregir un error mayúsculo de una Corte extraviada, una Corte de “tres patines” que perdió el equilibrio, el sentido común y la sensibilidad social.

De acuerdo con la información conocida, la adquisición se realizó en un contexto económico adverso para millones de mexicanos. Basta salir a la calle —o revisar cualquier indicador social— para confirmar que una parte significativa de la población vive al día, sin certeza sobre si podrá cubrir sus necesidades más elementales. En ese país real, donde la inflación castiga los alimentos, el empleo informal crece y la pobreza no cede, la imagen de ministros trasladándose en vehículos blindados de lujo resultaba, cuando menos, ofensiva.

La Suprema Corte, encabezada por Hugo Aguilar Ortiz, pretende asumirse como heredera moral del ideario juarista —el del Benemérito de las Américas que predicaba la austeridad republicana y la distancia entre poder y privilegio—, pero parece olvidar que el simbolismo también gobierna. Juárez entendía que la autoridad se legitimaba no solo con leyes, sino con el ejemplo. Y el ejemplo que proyectó la Corte fue el de una élite que se protege, se blinda y se desplaza en condiciones radicalmente distintas a las del ciudadano común.

El argumento de la seguridad, recurrente en estos casos, no es menor, pero tampoco es absoluto. México es un país violento, sí, pero también es un país profundamente desigual. Cuando el Estado decide destinar recursos públicos a blindar a sus altas esferas sin un ejercicio visible de contención, proporcionalidad o empatía, envía una señal peligrosa: que la vida y la integridad parecen valer más conforme se asciende en la jerarquía del poder.

Más grave aún es la contradicción política. Durante años, desde Palacio Nacional y desde la mayoría legislativa, se ha insistido en que la austeridad no es solo una política pública, sino una convicción moral. Se ha denunciado el dispendio del pasado y los privilegios de las élites. En ese contexto, resulta inexplicable que uno de los pilares del Estado mexicano incurra en gastos que chocan frontalmente con ese relato.

La narrativa ha sido clara: no puede haber gobierno rico con pueblo pobre. Sin embargo, decisiones como esta demuestran que el principio se aplica de manera selectiva. La austeridad se exige hacia abajo, pero se diluye cuando toca a las cúpulas. El problema no es solo el monto —que no es menor—, sino el contraste obsceno con la realidad nacional.

Además, el Poder Judicial atraviesa uno de sus momentos más delicados en términos de legitimidad. Las reformas, los embates políticos y el debate sobre su papel en el equilibrio republicano lo mantienen bajo una lupa permanente. En ese escenario, cada decisión administrativa adquiere una dimensión política inevitable. Comprar camionetas blindadas de lujo no fortalece a la institución; la debilita y la aleja aún más de una ciudadanía que percibe a la justicia como lejana, lenta y elitista.

Hoy, la Suprema Corte parece haber perdido la brújula: por fallos controvertidos, por opacidad, por insensibilidad y por decisiones administrativas que la colocan en el lado equivocado de la historia. La elección judicial y sus primeras consecuencias han puesto en evidencia un deterioro del equilibrio de poderes que amenaza al régimen democrático. Y episodios como el de las camionetas blindadas confirman que el problema no es solo jurídico, sino ético.

Regresaron las camionetas de lujo y para cuándo se bajarán los sueldos o adelgazarán el aparato burocrático que los jueces de la 4T han engordado. ¿Tendrá que intervenir otra vez la presidenta Sheinbaum?

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.