Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Se tenía que decir… La fama de López Obrador. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

13 Ene 2020
305 veces

Los gobiernos anteriores tuvieron varios signos de distinción. De esa forma, los presidentes terminaron sus sexenios con famas distintas: Gustavo Díaz Ordaz tiene fama de represor, José López Portillo de corrupto, Miguel de la Madrid de gris, Carlos Salinas de Gortari de corrupto y maquiavélico, de Zedillo se habla poco y no mal; Fox tiene fama de tonto, Calderón de alcohólico, y Peña de corrupto.

 

Sólo el tiempo determinará la fama con la que el presidente Andrés Manuel López Obrador dejará la Presidencia. Para tristeza de todos sus seguidores, la fama popular de los presidentes nunca será buena, y ningún mandatario deja el poder para ser elogiado. Todos los mandatarios mexicanos reciben apodos, famas públicas que no siempre son ciertas, y juicios populares en función de algunos de los hechos ocurridos en el sexenio respectivo.

 

El gobierno de López Obrador se ha esforzado por blindarle la fama al presidente, de tal forma que se ha querido mostrar una figura inteligente, culta, con determinación a acabar con la corrupción, con la intención genuina de mejorar la situación de los más desprotegidos y de ser incorruptible.

 

Sin embargo, cada día aparecen evidencias que contradicen los esfuerzos gubernamentales sobre la figura del presidente, y en ese momento adular a López Obrador se convierte en uno de los deportes favoritos de varios integrantes de su gabinete. Tratar de quedar bien con el mandatario mediante adulaciones es práctica común entre miembros de su gabinete, legisladores o simples integrantes de la mal llamada 4T.

 

Con sus adulaciones buscan atraer miradas, mostrarse dispuestos a enfrentar a los adversarios para defender al mandatario de los feroces ataques de la derecha (nótese el sarcasmo), o simplemente usarlas como recurso para distraer la atención de los problemas verdaderamente importantes que no están siendo atendidos por el Gobierno de México.

 

Lo que dejan de ver sus aduladores es que el presidente López Obrador es un gran propagandista que no requiere de esos recursos tan bajos y básicos. López Obrador tiene una gran capacidad de comunicación que ejerce todos los días en sus conferencias de prensa mañaneras, y que son el ejercicio real que le ha permitido mantener niveles altos de aceptación entre una población dividida.

 

En anteriores ocasiones hemos afirmado que no es lo mismo ser popular que ser eficaz o apto para gobernar. Ser popular no equivale a tener la capacidad intelectual que se requiere para dirigir un país tan complejo como México. Ser popular no basta para dar solución a los graves problemas que atraviesa el país, y que requieren de inteligencia, cultura, determinación e intención real de acabar con estos problemas.

 

Ahora, con todo el aparato del Estado a su favor, López Obrador puede maniobrar para aminorar los golpes a su popularidad. Después de 2024 no sabemos qué ocurrirá, y si quien le releve en el gobierno esté dispuesto a maniobrar para mantenerle una imagen y una fama.

 

El tiempo, sólo el tiempo, permitirá determinar cuál será la fama de López Obrador, si ésta le favorece o no, o si se ajusta a la realidad o no.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.