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Expectativas de un acuerdo entre EU e Irán tiran al crudo

25 May 2026
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Expectativas de un acuerdo entre EU e Irán tiran al crudo Imagen tomada de: https://x.com/
  • Funcionarios señalan que negociaciones avanzan para abrir el estrecho de Ormuz

El precio del Brent retrocedía el domingo 24 de mayo a su nivel más bajo en un mes y el dólar se debilitaba, ante las expectativas de que un acuerdo para reabrir el Estrecho de Ormuz y restaurar el flujo de petróleo podría estar cerca.

El Brent bajaba 4.0 por ciento en las primeras horas de operación de mercados este lunes 25 de mayo en Asia, a 99.4 dólares el barril, su menor nivel desde el 24 de abril pasado, mientras que el WTI cotizaba en 92.44 dólares, el más bajo en dos semanas, un 4.3 por ciento menos.

Además, el oro avanzaba 1.2 por ciento, mientras que el peso mexicano subía 0.44 por ciento frente al dólar, y cotizaba en 17.2621 unidades, y las bolsas asiáticas estaban al alza, ya que se espera que un acuerdo ayude a reanudar el flujo de energía a través del estrecho alivie las presiones inflacionistas.

“Las negociaciones avanzan de manera ordenada y constructiva, y he informado a mis representantes que no se apresuren a cerrar un acuerdo, ya que el tiempo está de nuestro lado”, anotó el presidente Trump en sus redes sociales. Agregó que el bloqueo se mantendrá vigente hasta que se alcance, certifique y firme un acuerdo.

“Nuestra relación con Irán se está volviendo mucho más profesional y productiva. Sin embargo, deben comprender que no pueden desarrollar ni adquirir un arma o bomba nuclear”, indicó.

Altos funcionarios estadounidenses dijeron el domingo que Estados Unidos e Irán estaban cerca de un acuerdo que reabriría el estrecho de Ormuz.

En las primeras horas de este lunes, el Nikkei-225, de la bolsa de valores de Japón, repuntaba 3.3 por ciento; el Taiex, de Taiwán subía 3.0 por ciento, y el Hang Seng, de Hong Kong, avanzaba 0.86 por ciento. Los futuros de Wall Street también reportaban alzas, de 1.2 por ciento en el Nasdaq, 0.7 en el S&P 500 y 0.6 por ciento en el Dow Jones.

Irán y EU continúan con negociaciones de paz

El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, dijo que podría haber “buenas noticias” respecto al bloqueado estrecho de Ormuz en las próximas horas, mientras Irán y Washington continúan con las negociaciones de paz.

“Creo que hay buenas noticias en ese sentido, pero no las últimas noticias”, dijo Rubio a los periodistas el domingo durante una visita a la India. “Pero quizá un poco más tarde hoy tengamos más que decir”, añadió.

“Se han logrado algunos avances”, añadió Rubio, hablando junto al ministro de Asuntos Exteriores de la India, Subrahmanyam Jaishankar. “No quiero restar importancia a eso, pero también quiero aclarar que aún nos queda trabajo por hacer.”

La caída del petróleo del lunes llega mientras surgen señales de que los barcos comienzan a transitar el Estrecho después de que un superpetrolero que transportaba crudo iraquí a China cruzara la línea de bloqueo estadounidense hacia el mar Arábigo.

Treinta y tres embarcaciones, incluyendo petroleros, portacontenedores y otras embarcaciones comerciales, navegaron por el estrecho de Ormuz más de 24 horas después de obtener la autorización de la Marina de la Guardia Revolucionaria Islámica, informó el domingo la Agencia de Noticias de Estudiantes Iraníes semioficial, citando un comunicado del IRGC.

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.