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Inicia evaluación de 395 aspirantes a tres consejerías del INE

31 Mar 2026
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Inicia evaluación de 395 aspirantes a tres consejerías del INE Imagen tomada de: https://x.com/INEMexico
  • El INE inicia proceso para elegir tres nuevos consejeros entre 395 aspirantes, con perfiles cercanos a Guadalupe Taddei y figuras del ámbito electoral 

El Comité Técnico de Evaluación arrancó ayer la revisión de expedientes de los 395 aspirantes a ocupar una de las tres consejerías del Instituto Nacional Electoral (INE) que quedarán vacantes el 4 de abril tras la salida de Jaime Rivera, Dania Ravel y Claudia Zavala.

 

Entre los inscritos destacan cinco funcionarios cercanos a la presidenta del INE, Guadalupe Taddei: Flavio Cienfuegos Valencia, a quien esta nombró jefe de su oficina y después intentó colocar en la Secretaría Ejecutiva sin éxito, debido al rechazo de los consejeros por la denuncia que le fincó el extitular del Instituto Mexicano del Seguro Social, Germán Martínez, por irregularidades.

 

Jesús Octavio García González, quien con Taddei pasó de proveedor a titular de la Dirección Ejecutiva de Administración del INE, en medio de señalamientos por posible conflicto de interés; Roberto Carlos Félix López, titular de la Dirección Ejecutiva de Organización Electoral; Pedro Pablo Chirinos, titular de la Unidad Técnica de Vinculación con los Organismos Públicos Locales, y Juan Manuel Vázquez Barajas, director de Asuntos Jurídicos.

 

Cuatro consejeros del Instituto Electoral de la Ciudad de México, incluida la presidenta del organismo, Patricia Avendaño, se inscribieron para ocupar un lugar en el INE. Se trata de César Ernesto Ramos Mega, Erika Estrada Ruiz y Sonia Pérez.

 

Otros nombres que destacan son María del Carmen Alanis Figueroa, exmagistrada presidenta de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF); y Bernardo Valle, quien trabajó en la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral y también fungió como consejero electoral del IECM.

 

Funcionarios del TEPJF también se alistaron en la contienda, tal es el caso de Yuritzy Durán Alcántara y Alejandra Tello Mendoza, quien es señalada como cercana al magistrado Felipe de la Mata Pizaña.

 

La revisión de los expedientes concluirá el 1 de abril y el 6 de abril se realizará el examen de conocimientos; del 10 al 12 de abril tendrá lugar la idoneidad; del 14 al 16 las entrevistas; el 20 la remisión de las quintetas a la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, y el 22 de abril se votará el acuerdo para cubrir las tres vacantes en el INE.

 

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.