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Primera onda de calor del año ‘rostiza’ a México en invierno: ¿Qué estados esperan temperaturas altas?

18 Feb 2026
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Primera onda de calor del año ‘rostiza’ a México en invierno: ¿Qué estados esperan temperaturas altas? Foto: Luz Noticias

La primera onda de calor del año está en México, y afectará a cuatro estados esta semana con temperaturas de 30 a 45 grados.

Aunque falta más de un mes para que termine el invierno, el Servicio Meteorológico de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) alertó que la primera onda de calor, sumada a un anticiclón en niveles medios de la atmósfera, favorecerán la baja probabilidad de lluvia y ambiente cálido a caluroso vespertino.

25 estados prevén calor al menos hasta el jueves 19 de febrero, aunque las zonas altas del país aún tendrán heladas en las mañanas por el paso del frente frío 35.

Onda de calor en México: ¿Qué estados esperan altas temperaturas esta semana?

Toma en cuenta que Conagua prevé calor en México para esta semana a partir de la tarde en estos estados:

  • Temperaturas máximas de 40 a 45 grados: Michoacán, Guerrero (noroeste), Oaxaca (istmo) y Chiapas (istmo).
  • Temperaturas máximas de 35 a 40 grados: Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Morelos y Puebla (suroeste).
  • Temperaturas máximas de 30 a 35 grados: Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo, Estado de México (suroeste), Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo.

 

De acuerdo con Conagua, los principales estados afectados son San Luis Potosí, Querétaro, Jalisco y Oaxaca, especialmente en sus zonas centro.

¿Ya pasó la alerta por frío? En estas entidades habrá bajas temperaturas

 

Aunque hay una onda de calor en México, el frente frío 35 se extendrá sobre el nrote del país, y sumado a una vaguada polar y corrientes de chorro polar provocarán bajas temperaturas en las mañanas y en la madrugada.

Los estados más afectados por las bajas temperaturas en la semana son:

 

  • Temperaturas mínimas de -10 a -5 grados con heladas: zonas serranas de Baja California, Chihuahua y Durango.
  • Temperaturas mínimas de -5 a 0 grados con heladas: zonas serranas de Sonora, Zacatecas, Puebla y Veracruz.
  • Temperaturas mínimas de 0 a 5 grados: zonas serranas de Nuevo León, San Luis Potosí, Michoacán, Estado de México, Hidalgo, Tlaxcala y Oaxaca.
Por: El Financiero redacción
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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.