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Ricardo Monreal pide a Sheinbaum una reforma electoral consensuada

07 Ago 2025
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Ricardo Monreal pide a Sheinbaum una reforma electoral consensuada Imagen tomada de: https://x.com/RicardoMonrealA
  • El diputado de Morena, Ricardo Monreal, propone crear un grupo plural para comenzar la discusión con todos los actores de la sociedad

El líder de Morena en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, pidió a la presidenta Claudia Sheinbaum que la propuesta de una reforma electoral debe ser “de consenso” y con la participación de la oposición.

También propuso que para el debate de la iniciativa “se debe construir un grupo plural para comenzar la discusión; eso sí creo, y que sea un debate democrático y técnico, que logremos la pluralidad y un consenso. Ojalá y sea unánime para construir esta reforma”, dijo.

“Nosotros fuimos opositores y por eso (lo) creo. No creo en el exterminio de la oposición, no creo en la liquidación de la oposición, no creo en (su) desaparición”, indicó.

No obstante, advirtió que para lograr eso se requiere, al mismo tiempo, de una oposición “seria y responsable”. Explicó que “para mí, la oposición, a la que respeto, no ha sabido interpretar lo que la población está queriendo de una oposición responsable”, dijo.

Precisó que “a mí me gustaría una oposición seria, racional (y) comprometida con el país, una oposición propositiva”. Porque “durante estos meses de inicio del gobierno, la oposición se ha dedicado sólo a golpear a la presidenta, a Morena, a la ‘4T’ y la gente responde con 80% de respaldo a la (mandataria)”.

 

Por eso “creo que los de la oposición no están viendo lo que (sucede) en la realidad. Hay una desconexión de la oposición con la población. Eso es delicado y triste, porque el régimen de partidos no se fortalece y no hay un entendimiento y una vinculación”, estimó.

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.